El Papa Francisco, fallecido a los 88 años, dejó una huella imborrable no solo como el primer pontífice latinoamericano, sino también como el hincha más emblemático de San Lorenzo. Su amor por el fútbol nació en su infancia en Buenos Aires, cuando escuchaba por radio las hazañas del equipo campeón de 1946. Desde entonces, la pasión azulgrana lo acompañó toda su vida, incluso en el Vaticano, donde recibió camisetas, saludó planteles y utilizó el fútbol como puente de unidad, paz y fraternidad entre religiones y culturas.
Para San Lorenzo, Francisco fue más que un fanático: fue un símbolo. Su figura se inmortalizó en una estatua en el estadio y en el recuerdo del título de la Copa Libertadores 2014, que celebró desde Roma. Aunque rechazó que un estadio llevara su nombre, su legado trasciende lo espiritual. Fue un ‘pata dura’ con sotana, un hincha humilde que vivió el fútbol como una escuela de vida. San Lorenzo lo despidió con gratitud, y el mundo del deporte perdió a uno de sus últimos románticos.
Durante su pontificado, el Papa Francisco también se convirtió en un referente del fútbol mundial, recibiendo en el Vaticano a figuras como Lionel Messi, Gianluigi Buffon y plantillas completas de clubes y selecciones. Estos encuentros reflejaron su cercanía con el deporte y su convicción de que el fútbol puede ser una herramienta de fraternidad y encuentro entre culturas.

